viernes, septiembre 04, 2009

Partitocracia

Hace ya un tiempo un amigo me comentó la frase dicha en un acto de partido por un dirigente político aragonés. Un dirigente, por cierto, coyuntural, de segunda fila, provincial; lo que no desmerece de su categoría humana que puede ser mayor -y seguramente lo es- que la de otros que han alcanzado mayor altura: “Los partidos políticos son organizaciones casi democráticas”.

Una frase sincera, pero políticamente incorrecta, por cuanto reconoce algo que contraviene frontalmente nuestra Constitución (artículo 6).

Porque lo que ese dirigente sincero y políticamente incorrecto vino a decir es algo que todo el mundo reconoce: que nuestra democracia está secuestrada por los partidos políticos y que, en manos de unas organizaciones que no son democráticas, esto nuestro quizás ni siquiera sea una democracia, sino una
partitocracia, una dictadura de partidos, que es algo muy diferente, aunque consiga mantener una cierta apariencia cada vez más difícil de fingir.

Las consecuencias son evidentes, y las cita, aunque no todas, Carrascal:

La más importante ya está dicha: que así no hay democracia, sino un sucedáneo.

Y que de esta forma no hay posibilidad de alternancia tranquila -ni casi civilizada-, sino por medio de una convulsión política: 23-F, GAL, 11-M…

Pero hay más consecuencias indeseadas: por ejemplo, que se nos perpetúen en política personajillos mediocres, auténticos indeseables o simplemente incompetentes, que jamás debieran haber alcanzado ninguna responsabilidad pública, o que si por error, descuido o despiste la hubieran alcanzado, hubieran sido inmediatamente (en las próximas elecciones) removidos de su cargo y sustituidos por gente supuestamente más competente. Seguramente es inevitable que se cuele en las listas electorales gente -por decirlo suavemente- inadecuada. Pero lo que no puede ser inevitable es que esa gente se perpetúe durante veintitantos años, como viene ocurriendo en Aragón.

Los centros de decisión de los partidos han acabado acaparados en España, sin casi ninguna posibilidad de renovación, por gente naturalmente seleccionada con criterios de obediencia, militancia y oportunismo y de donde son automáticamente excluidos quienes demuestran criterio, formación, o mérito; y ya no digamos brillantez.

Porque el trabajo acumulado y sinérgico de esa gente inadecuada que citaba yo antes, durante décadas y en todas las instituciones, es una de las más importantes razones que explican el deterioro de nuestra democracia y de nuestra economía.

Lo estamos pagando. Lo vamos a pagar durante mucho tiempo.
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8 comentarios:

Joven Madrileño dijo...

Es lógico atendiendo al origen de nuestro sistema: el franquismo. Pero hay que dar gracias a Dios porque no es heredero de la segunda república, cuyos odios procedentes de la izquierda nos llevó al desastre.

Esto nunca cambiará mientras haya quien pueda meterse en el partido y no salir, como el caso de la Pajín. ¿Quién le hubiese dicho que con 30 y poco iba a cobrar 20.000€ al mes?

Deberíamos fijarnos en el modelo estadounidense, donde se elige directamente al candidato y da igual el partido, sino que lo importante es la persona. ¿Alguien se pregunta qué ocurriría aquí si el partido en el poder le lleva la contraria al presidente? En EEUU ocurre y no se hunde el país.

carlos a. dijo...

que razón tienes...

Carlos56 dijo...

Estimado Oroel:

El exigir simplemente democratizar unas estructuras en las que tiende a primar el principio de disciplina posiblemente sea una tarea vana.

Pero si debilitamos la capacidad de las estructuras de los partidos para imponernos sus candidatos, les obligaremos a democratizarse o, cuando menos, ese defecto será menos importante.

¿Cómo se consigue? Haciendo que la relación del candidato con su circunscripción sea más fuerte y aquí hemos comentado varios procedimientos: Listas abiertas o circunscripciones con un único representante. Cualquiera de los dos haría que los partidos buscasen las personas afines con más tirón dentro de cada zona. Son pequeños cambios legislativos pero, a mi juicio, suficientes.

Ahora bien, hay que saber que cualquiera de las dos disminuye la cohesión de los partidos y posiblemente disminuya la estabilidad de los gobiernos.

(Empiezo nuevo curso, repitiendo viejos argumentos… ¿No aparecerá algo nuevo bajo el Sol otoñal?)

Un abrazo. Carlos56.

Anónimo dijo...

También las listas abiertas esconden a grandes incapaces y a brillantes incompetentes. Una política me dijo una vez que, a la hora de ingresar en un partido, solo te piden el DNI y el número de teléfono. Y es verdad.

Entiendo que este sistema no es el más adecuado, que su denominación "democracia", no es realmente lo que debería ser (recordad que el amigo Pericles tampoco dejaba votar a mujeres ni a esclavos). Pero se me antoja pensar que, cada cuatro años, la "demos" determina la "cracia".

De todas maneras no debemos confundir la democracia política con la democracia social. La primera constituye el andamio dentro del cual debe construirse el edificio, más o menos brillante, que significa la participación social. Dicho de otro modo, los políticos hacen el marco. Los ciudadanos pintan el cuadro. El asunto es que hay pocos con ganas de agarrar un pincel y mancharse la camisa de pintura.

Carlos56 dijo...

Estimado Anónimo:

Por supuesto. La cuestión es que cada momento presenta un conjunto de problemas más acuciantes. Por lo que cada momento precisa un conjunto de respuestas que, en política y sociología, no solucionan los problemas, los mitigan y reducen al nivel de soportables.

Es un argumento conformista y posiblemente amoral, pero la búsqueda de la realización de la perfección, la utopía, suele traer más desgracias que otra cosa: la perfección está reñida con lo bueno.

Analice su objeción: los partidos no controlan quién ingresa en ellos, luego en las listas abiertas se esconden grandes incapaces y brillantes incompetentes (yo habría añadido alguna referencia a los delincuentes). Correcto, pero si usted tiene la opción de elegir entre los ocho o veinticuatro (según provincia) cuál le parece mejor, según su particular juicio, se establece un mecanismo que obliga a cambiar los criterios de selección a la hora de confeccionar esas listas.

Insisto no es “la solución”, que no creo que exista, es meramente paliativo.

Un cordial saludo. Carlos56.

Republica Rojigualda dijo...

Los partidos no son organizaciones internamente democráticas. Ni aquí ni en ningún sitio. Ya en 1911 Robert Michels, en su famoso ensayo sobre los partidos políticos, demostró que éstos son organizaciones oligárquicas por naturaleza. Es la llamada Ley de Hierro de los partidos, de la que solo se salvan los partidos estadounidenses. Pero claro, dentro de la oligarquización hay grados. En España no es que sean oligárquicos, es que directamente son despóticos. O no hay primarias limpias (congreso de Valencia) o si las hay, de poco sirven (caso Borrell-Almunia). Por otra parte, si es algo “contra natura” que los partidos tengan un funcionamiento interno democrático, lo que es sencillamente imposible es que haya partidos democráticos en regímenes no democráticos como nuestra partitocracia de 1978.

La partitocracia no es una “dictadura de partidos” (por lo menos aún no), sino una oligarquía de partidos. Los partidos se reparten oligárquicamente todos los poderes del estado por cuotas. Y hay libertades civiles, naturalmente, pero solo porque es requisito para que dos partidos se puedan turnar en el poder y legitimarse.

La partitocracia no es el secuestro de la democracia por parte de los partidos, ni una degeneración o deformación de la democracia. Una verdadera democracia no puede ser secuestrada por los partidos, ni tampoco puede degenerar, espontáneamente en un régimen distinto. La partitocracia es una eficaz falsificación de la democracia, pero es un sistema político distinto de la democracia, con instituciones parecidas, pero las relaciones de poder y los principios inspiradores de una partitocracia son los inversos a los de una democracia.

La democracia moderna es constitucional y representativa. Es constitucional porque la constitución limita el poder del estado, estableciendo la separación de poderes; y es representativa porque los ciudadanos participan en política eligiendo a personas que les representen en el parlamento. La separación de poderes no es, como a menudo se dice, una simple división funcional, personal y orgánica del poder (distintos órganos, con distintas funciones ocupados por distintas personas), eso no es garantía de nada, puede existir en cualquier dictadura; la separación de poderes implica sobre todo, igualdad e independencia de los tres poderes, de forma que se puedan controlar (en el sentido de fiscalizar, no de dominar) unos a otros. En cuanto al sistema representativo, no existe por el mero hecho de que los ciudadanos puedan elegir entre distintas alternativas a una serie de parlamentarios (elecciones las hay en cualquier dictadura). Solo podemos hablar de un verdadero sistema representativo cuando los representantes responden ante sus representados. Ya que representación, significa, sobre todo, responsabilidad. Si la constitución no establece la separación efectiva de los poderes y/o no establece los mecanismos que obliguen a los representantes a rendir cuentas ante sus representados, no hay democracia.

Republica Rojigualda dijo...

La constitución del 78 no hace ni una cosa ni la otra. Al contrario, somete a los parlamentarios al partido al que pertenecen gracias al sistema de listas, e impide la separación de poderes gracias al régimen parlamentario (en el que el ejecutivo y el legislativo son la misma cosa) y al nombramiento político de los órganos judiciales, que pasan a depender del partido que los ha nombrado. Cuando una constitución hace eso, no establece una democracia sino una partitocracia. En una partitocracia no hay separación de poderes, sino unidad de poder y separación de funciones. En una partitocracia los representantes lo son no de los ciudadanos, sino de las cúpulas de los partidos.

Es decir, la partitocracia, al contrario que la democracia, se caracteriza por la inexistencia de limitaciones al poder político, y por el contrario, la imposición de limitaciones a la participación de los ciudadanos, cuya única función es ir a votar cada cuatro años para legitimar el sistema. Son filosofías distintas las que configuran ambos regímenes.

El art. 6 de la constitución es de esos artículos que son meras declaraciones de principios de carácter propagandístico pero sin ninguna consecuencia práctica. No dice que se entiende por “funcionamiento democrático”, y menos aún establece los instrumentos para hacerlo efectivo. Así que el funcionamiento de cualquier partido podría ser perfectamente calificado de “democrático”, por muy despótico que fuera. Pero lo más importante de ese artículo no es ese inútil requisito, lo más importante es que dice que los partidos “concurren a la formación de la voluntad popular”, es decir, que son educadores de la gente. La voluntad popular no está formada, son los partidos los que tienen que formarla y moldearla (conforme a sus intereses, claro). Es decir, la gente no sabe lo que quiere, son los partidos los que nos dicen lo que debemos querer. De ese precepto constitucional se derivan frases típicas de los políticos como “a los ciudadanos les interesa/no les interesa…” o “la sociedad española está madura para…”. Si Lincoln definió la democracia como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, la partitocracia sería definible como “el gobierno de los partidos, por los partidos y para los partidos”. Esa es la esencia de la partitocracia.

Republica Rojigualda dijo...

“Seguramente es inevitable que se cuele en las listas electorales gente -por decirlo suavemente- inadecuada.”
No es que sea inevitable que “se cuelen” en las listas los Pepiños y Pajines. Es que las listas de partido (ya sean abiertas o cerradas) se hicieron para eso, para meter gente cuya función principal es votar lo que les dice el jefe y aplaudirle cuando habla, y para eso no se necesitan lumbreras, sino gente que no haga sombra al líder del partido. La consecuencia es que con un sistema proporcional de listas, la clase política va degenerando a pasos agigantados.


Las listas abiertas son un engaño, solo sirven para legitimar el poder de los partidos. Ya existen listas abiertas en el senado, y la mayoría aplastante de los españoles, marcan las casillas de los tres primeros senadores del partido al que votan (eso cuando no marcan los cuatro y la papeleta es nula). Este fenómeno no se debe a que el senado sea una cámara que les trae sin cuidado a los españoles o a que la sociedad española esté poco madura para tener listas abiertas. Eso sucede en cualquier país del mundo donde haya listas abiertas: el porcentaje de ciudadanos que cambian y tachan nombres es tan bajo que no se produce ninguna modificación en la traducción parlamentaria de las listas: salen los mismos que habrían salido con listas cerradas. Y es que para que las listas abiertas tuvieran algún sentido, la gente tendría que conocer a todos los candidatos de todos los partidos a los que sopesa votar, y pensar que eso puede suceder es no tener los pies en la tierra. Los ciudadanos tendrían que dedicar una parte muy importante de su vida a la política: seguir los debates parlamentarios, las nominaciones de candidatos, las iniciativas parlamentarias de los distintos diputados… Y eso es imposible. La política no puede absorber la vida privada de los ciudadanos, eso sería totalitarismo puro.

La única forma de que haya un verdadero régimen representativo, es con un sistema electoral mayoritario uninominal de circunscripciones pequeñas (no mucho más grandes que un diputado por cada 100.000 personas). Solo así se garantiza que los ciudadanos conocen a su representante y le pueden exigir responsabilidades por lo que vota. A mayor número de diputados por circunscripción, menor responsabilidad del representante ante sus representados.


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