Habrá que acabar hablando de Rajoy y del PP.
Lo primero que quiero señalar, para centrar el asunto, es lo mismo que hace pocos días dijo José María Carrascal en otro memorable artículo suyo:
1.- “¿Cuál es el mayor problema de España hoy? No Rajoy, desde luego. Es Zapatero. Un señor que heredó una ETA contra las cuerdas y le ha permitido recuperar su capacidad operativa. Que ha dado alas a los nacionalismos, incluso donde no lo había. Que ha descuidado la economía, la inmigración, la justicia, el agua, la educación y otros grandes problemas del país. Eso es lo que debe preocuparnos y lo que urge resolver”.
2.- “¿Han oído ustedes a algún socialista criticar a Zapatero? ¿O decirle que había perdido la confianza en él? Seguro que no pocos de ellos discrepaban de su negociación con ETA y de su reforma de los estatutos. Pero la única que se atrevió a decirlo en voz alta fue Rosa Díez, y tuvo que abandonar el PSOE”.
Rajoy y sus críticos
Pero dicho esto, no puede negarse la gravedad de la crisis que afronta el PP y que no es otra que la patente falta de liderazgo de Rajoy.
Un gran parlamentario, un líder inexistente
No quiero presumir de haberlo anticipado, pero sí puedo decir que en varias ocasiones he manifestado mi preocupación y descuerdo con las decisiones de Rajoy o con los indicios de falta de liderazgo que iba intuyendo en él.
Mis motivos de discrepancia han sido fundamentalmente tres:
1.- Su resistencia, para mí incomprensible, a reforzar el partido con algunos de los líderes más significados y de más tirón dentro de sus filas, como es el caso de Vidal Quadras. Nunca entenderé cómo pudo dejar pudrirse la situación del PP de Cataluña manteniendo al frente a Piqué contra toda lógica durante tanto tiempo, cuando la solución más lógica hubiera sido la reincorporación de Vidal Quadras mediante su inclusión en la lista al Congreso por Barcelona, precedido mucho antes por su retorno para hacerse cargo allí del partido.
2.- La clamorosa abdicación de principios y la dejación de liderazgo que significaron para mí las reformas estatutarias en Andalucía, Valencia y Aragón; y en estas dos últimas comunidades sin ni siquiera consulta popular. Todo ello después de haberse opuesto a la reforma del Estatuto catalán, con toda razón por cierto.
3.- Permitir que el Partido Popular de Aragón mantuviera una política hidráulica autónoma, errática y contradictoria con la mantenida por el partido a nivel nacional, lo que ha laminado de nuevo su liderazgo, su credibilidad y su coherencia, cuando se podría haber defendido con absoluta solvencia y rigor el Plan Hidrológico Nacional de Aznar, en toda España: en Aragón y fuera de él. Pero para ello hubiera sido necesario que los líderes del PP de Aragón se lo hubieran leído y lo hubieran entendido. Sólo así hubieran podido ejercer una oposición solvente y demostrar, con uno o dos años de anticipación, que Marcelino Iglesias siempre ha mentido a los aragoneses en este tema -y en otros- y que no dudaría en traicionarlos a la primera ocasión, como luego ha sucedido. Pero hubiera sido necesario también un gesto de autoridad de Rajoy que nunca se ha producido.
Recuperar a Vidal-Quadras
El PP aragonés: recopilación sobre la refundación
Hay dos frases recientes que quiero glosar y que resumen en parte lo que está pasando en el PP:
Alberto Núñez Feijoo: "Los populares deben trabajar para presentarse como un partido simpático de cara a los nacionalistas”.
Alberto Ruiz Gallardón: "El PP debe ganar al PSOE el centro izquierda”.
Son dos apuestas programáticas ciertamente arriesgadas porque afectan a la esencia misma del proyecto “popular”.
¿Puede el PP ser un partido simpático para los nacionalistas sin dejar de tener como referencia máxima de su ideario la defensa de la Nación española, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y la denuncia de la laminación de libertades y merma de derechos que sufren muchos españoles a manos del nacionalismo identitario?
¿Puede ampliarse el PP al centro izquierda sin provocar la desafección de su electorado tradicional de derechas?
Ya he contestado en un artículo reciente a la primera cuestión:
Un partido simpático
Permítanme contestar a la segunda: en los tiempos que corren las diferencias entre derecha e izquierda son cada vez más tenues. Por eso mismo pienso que la invocación al centro izquierda como objetivo a conquistar es, primero, una ingenuidad, por el recelo que puede suscitar en el electorado tradicional del PP y, segundo, un reconocimiento subliminal del complejo clásico de la derecha, y de su necesidad de abrazar causas que supone -que Gallardón supone- que le son ajenas. Me explicaré: la derecha no necesita invadir el terreno del centro izquierda para reivindicar la honradez (¿es de izquierdas la honradez?), la justicia social (que no es patrimonio de la izquierda, sino de los hombres y mujeres justos) o la defensa de la clase media. El PP, efectivamente, ha de ser un partido “de clase”, como decían serlo los partidos de izquierdas hace todavía medio siglo: pero de la clase media española, esa que no se resigna a dejar de ser española y que no se resigna a verse proletarizada y a ver cómo la generación de sus hijos va a ser, como pasa raras veces en la Historia, pero pasa, más pobre que la que le precedió. Porque esto es lo está pasando ya, delante de nuestros ojos. Y de la mano del socialismo, como consecuencia de su irresponsabilidad y sectarismo.
Y acabo: Rajoy ya no puede aspirar a ganar el congreso de su partido del 20 de junio, sino a no perderlo.
Ha habido hasta ahora gente de la que puede suponerse que han permanecido callados desde la lealtad o que han mostrado sus ideas discrepantes desde esa misma lealtad. A esta gente, la lealtad ahora mismo les exigiría dar un paso adelante.
Hoy mismo, o a lo largo de este fin de semana como muy tarde, deberían reunirse a comer Rato, Cascos, Mayor Oreja, Vidal Quadras, Esperanza Aguirre, Pizarro, María San Gil... y quizás pocos más, y entre todos alumbrar una candidatura conjunta y alternativa para el próximo congreso. Es la única y posiblemente última esperanza de salvación que yo le veo al PP.
Por lealtad a un proyecto que tiene más de veinte años de vida y que se puede hundir en tres meses.